NOTAS PARA UN PRESBÍTERO RECIÉN ORDENADO

P. Abraham Apolinario

 

16 de julio del 2014

Fiesta de Nuestra Señora del Carmen

 

Dedico estas notas a mis estudiantes del Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino, donde he impartido las clases de Pastoral I y II durante los últimos 20 años. Ha sido una experiencia enriquecedora que me ha mantenido en contacto con la nueva generación de sacerdotes de todo el país. Ya he tenido el privilegio de trabajar con algunos de ellos en mi diócesis y de compartir con otros en encuentros nacionales y actividades del Plan de Pastoral.

 

Aproveché el encuentro del año pasado dedicado al Vaticano II, para conversar con  algunos sacerdotes y pedirles su opinión sobre la utilidad de las clases de pastoral y solicitarles algunas sugerencias dirigidas a los sacerdotes recién ordenados.

 

En este sentido propongo estas notas y al final resumo las sugerencias de los sacerdotes que pude consultar.

 

1.- Anotar la primera impresión

 

Todos hemos escuchado que no podemos dejarnos llevar de la primera impresión cuando visitamos un lugar o nos encontramos con una persona o grupo, pero también es cierto que la “primera impresión” tiene un gran peso en las personas que nos visitan.

Cuando un sacerdote es asignado a una parroquia o a otra institución, es conveniente anotar cuál fue su primera impresión al llegar al lugar de trabajo. Esto le podrá servir para luego comparar, cómo percibe las cosas en ese momento. Si la primera sensación que sentiste al llegar al templo es el de un lugar triste, abandonado, descuidado, sin vida…es posible que esa misma sensación tengan las personas que asisten a ese lugar de oración.

Es tu deber cambiar algo para que el lugar de encuentro de la comunidad sea acogedor, alegre, que transmita la vida. En ocasiones basta cambiar el color, la iluminación, la disposición del lugar de lectura o algún otro detalle.

Para estos cambios, es  importante consultar con la comunidad, con un arquitecto o alguna persona que tenga el gusto del arte o de las cosas bonitas. No hay que sacrificar la sencillez para conseguir lo que buscamos.

 

Lo mismo debemos decir de la comunidad con la que vamos a trabajar. ¿Qué impresión recibí de ellos? ¿Son personas acogedoras, distantes, tímidas, indiferentes, qué nivel  de fe percibo en ellos, están integradas a la zona pastoral?

Anotar esta percepción de las pequeñas comunidades rurales o de las capillas que componen la parroquia y leer estas notas un año o dos después de nuestra llegada a aquella comunidad puede ser muy iluminador.

Lo ideal es hacer los primeros meses una especie de “cuaderno de bitácora”, donde anotamos lo más relevante de lo que hemos ido viviendo. Te obligará al final de día a hacer un resumen de lo más importante y a dejar por escrito el recorrido de esas primeras semanas.

2.- Observar, anotar y visitar algunos lugares

 

El primer año de misión debe ser un tiempo dedicado especialmente a observar, a conversar con la gente, a preguntar sobre la historia del lugar. Siempre hay personas mayores que disponen de tiempo y que conversan con gusto del origen de su pueblecito o del barrio donde viven. Son una fuente invaluable de información de primera mano. Claro que luego es bueno verificar estas informaciones con otra gente o con algunas fuentes bibliográficas. Sobre todo en lo que concierne a datos de población, fechas, etc.

La visita a algunos lugares es clave. Siempre  recomendé a mis estudiantes ir a algunos lugares a los que habitualmente no va el sacerdote: la gallera, el lugar donde se busca agua, o algún sitio de diversión. Como eres nuevo allí, todavía mucha gente no te conoce y puedes pasar desapercibido. La parada de la guagua o el mercadito, son lugares donde se aprende mucho de la gente. Como casi siempre disponemos de transporte propio no solemos ir por allí y eso nos desconecta mucho de cómo vive nuestra gente.

 

Para que estas visitas nos sirvan para el futuro, es conveniente escribir algunas notas de lo que hemos visto y observado.

 

Al llegar a Villa Mella, en los días del Ciclón George, el diácono Tony Marcelino y yo, decidimos visitar por una semana cada una de las quince comunidades rurales de la parroquia San Felipe. Cuando pasaron los primeros meses dedicados a la reconstrucción de casitas y capillas, organizamos un equipo de laicos que nos acompañó en las visitas.

 

El plan fue muy sencillo: El domingo se iban tres o cuatro laicos a la comunidad.  Allí visitaban cada una de las casas, con un sencillo cuestionario sobre la familia. Con esto buscamos tener una idea del nivel de fe y de la práctica religiosa. El miércoles llegamos a la comunidad y nos quedamos allí hasta el  domingo. Mientras tanto quien se quedaba en el centro parroquial se ocupaba de las tareas del resto de la parroquia.

En esos cuatro días en una comunidad, aprendí de la vida de la gente mucho más que en un año yendo sólo a breves visitas o a las celebraciones.

 

Esta práctica la aprendí del Padre José Luís Hernández, quien permanecía una semana en cada uno de los sectores de La Zurza, para conocer mejor la vida de la gente. En los barrios no es necesario dormir en el lugar, porque estamos cerca, pero en las comunidades rurales puede ser necesario.

 

3.- Realizar una evaluación con la comunidad y con del obispo

 

Transcurrido el primer año es muy conveniente realizar una evaluación del trabajo realizado. Para esto basta formular tres o cuatro preguntas que pueden servir para el diálogo en los grupos y comunidades. ¿Cuál  ha sido la actividad que durante este año te ha animado más en tu fe? ¿Cuál ha sido el mayor desafío que hemos tenido  como comunidad este año? ¿Qué sugerencia harías al Consejo Parroquial para este próximo año?

 

Con las respuestas se puede elaborar un brevísimo informe que servirá de base para un primer encuentro del Obispo con la comunidad o la institución a donde nos envió.

Este primer encuentro con el Pastor y el Consejo Parroquial puede ser muy iluminador y darnos pistas por dónde caminar. Si no ha habido un planteamiento, es el momento de hacerlo. El mismo Obispo se puede sentir motivado a realizar algunas sugerencias o indicar caminos que recorrer.

 

4.- Procurar dar continuidad al trabajo anterior

 

Respetar la labor del sacerdote que nos ha precedido es creer en la Iglesia y su labor de mediación del Reino. Ella es Sacramento, vía de salvación y  esta obra la realiza a través de personas como tú y yo, con nuestros aciertos y desaciertos. No conviene cambiar nada sin previo análisis y consulta. Si es necesario hacer los cambios con delicadeza, pero con firmeza.

La gente espera que algunas cosas vayan a cambiar, pero no les agrada que se desautorice  o descalifique lo que realizó la persona que nos precedió.

 

Hay que hacer todo lo posible en dar seguimiento a las tareas pastorales que se estaban realizando cuando llegamos.  Nunca llegamos a un lugar donde “debemos empezar de cero”. Basta recordar que antes que nadie, estaba allí el Espíritu Santo, quien nos ha precedido. Aunque no se vea el edificio, quizás hay ya zapatas o fundamentos sobre los que podemos seguir construyendo el Reino. Aprovechar lo que otro hizo permitirá dar continuidad a la obra de Dios.

 

5.- Buscar la raíz de los problemas

 

Una de nuestras debilidades como Iglesia Dominicana, ha sido por mucho tiempo tratar de aliviar el sufrimiento y las carencias de nuestra gente, sin abocarnos a atacar las causas  de esos sufrimientos y carencias. Basta recordar todo el esfuerzo que se hizo después de la muerte de Trujillo por la Reforma Agraria, el movimiento cooperativo, los centros de formación y la creación de seminarios.  Los Obispos estaban conscientes que había que formar para la libertad, de la que nos había privado el dictador y su familia por tres décadas. Se buscó crear instituciones que pudieran dar respuesta a esas necesidades. Tal vez nos ha faltado dar continuidad a esas iniciativas.

En cada comunidad donde vayamos, debemos buscar atacar las causas, más que las consecuencias.

 

6.- Promover los valores del Reino

 

La Iglesia nos ha enviado a construir el Reino de Dios. Esa es la tarea de la comunidad cristiana  y a ella debemos dedicarle desde el inicio nuestro tiempo, cariño y energía.

No se trata de llenar el templo de gente, nuestro éxito no se ha de medir por el número de comuniones o sacramentos recibidos.  

 

Llegamos a ese lugar a promover el amor a  la vida, la justicia, el amor, la paz, la esperanza, la fraternidad, la solidaridad y el perdón. Esa es la tarea fundamental a la que debemos dedicarnos. Un sacerdote recién ordenado debe entusiasmarse con Jesús y los evangelios nos muestran que la pasión de Jesús fue el Reino de Dios.

 

7.- Usar el lenguaje de la gente  con  la que trabajamos

 

En el tiempo en que vivimos es más necesario que nunca establecer una línea de comunicación con la gente que se nos ha confiado.

En el seminario nos dieron herramientas de análisis y de pensamiento. Son muy útiles, con tal que podamos comunicar lo que hemos reflexionado, meditado y orado. Si no encontramos un lenguaje común con nuestra gente, los más valiosos pensamientos, las más sublimes reflexiones y las más profundas enseñanzas corren el riesgo de perderse. La gente terminará diciendo como al final de algunas misas: “El padre si habló bonito” ¿y qué dijo?

“Pues no sé, porque yo no lo entendí, pero bonito si habló”.

 

Cada región, cada lugar, cada comunidad tiene su cultura, su manera de decir y expresar las cosas y eso es lo que debemos descubrir. Es lo que llamamos el lenguaje popular. Lleno de imaginación, creatividad, color y chispa. No se trata del leguaje vulgar, con el que algunos lo confunden.

Jesús utilizó muchas imágenes, comparaciones, parábolas, refranes y expresiones de su pueblo judío y de la región de Galilea, donde creció.

Cuando nos dirigimos a la gente, debemos hacerlo en su lenguaje, que es sencillo, pero no superficial. Hace falta más creatividad y mejor conocimiento de un tema para explicárselo a un niño.

Sólo el sacerdote que ha sabido hacer una síntesis personal de su fe, de la persona de Jesús, del ministerio de la Iglesia, podrá proponerlo con sencillez y de forma directa. Otros tendrán que esconderse en un lenguaje técnico y complicado, así pueden dar la impresión de que son conocedores del tema.

 

8.- Procurar realizar un trabajo eficaz

 

Tengo tanta confianza  en los jóvenes sacerdotes, que estoy seguro que a nuestra Iglesia le esperan días gloriosos, tal vez no de gloria, pero sí llenos del gozo de llevar una propuesta diáfana, transparente y nueva a nuestras comunidades. Para eso es necesario convencernos de que los  pobres tienen derecho a lo mejor de la Iglesia y de nosotros.

 

Mientras más difícil sea el lugar donde te envíen, debes estar más preparado para la tarea. Las empresas y las instituciones confían siempre las tareas más desafiantes a su personal más capacitado. Son los equipos de élite los que inician, los que fundan, los que abren sendas nuevas.


La Iglesia confía a sus mejores hombres y mujeres los lugares de frontera. Manda en misión a sus mejores hijos e hijas. Porque sólo con personas sólidas se pueden hacer grandes cosas.

Algunas personas no comprenden esto y cuando el Obispo envía a un lugar apartado a un sacerdote recién ordenado o que ha terminado estudios en el extranjero, piensan que se está desperdiciando un talento.  No comprenden que la comunidad se construye desde la Misión. Esto nos lo ha recordado el actual Plan de Pastoral.

 

Contando con pocos recursos es mucho lo que se puede hacer, cuando en un trabajo se pone el alma. Cuando se lleva a la oración y al discernimiento lo que nos han confiado. Prepara bien el más sencillo de los retiros, las convivencias, los encuentros, las homilías. Pablo VI en el número 43 de la Evangelii Nuntiandi nos dejó de la Homilía un valioso resumen. El Papa Francisco lo ha retomado en la Evangelii  Gaudium (135-175), un buen regalo para un recién ordenado. No hay prisa para evangelizar, pero no podemos detenernos. Cada domingo, en cada celebración dejamos caer una semillita y el  dueño de la Viña le hará crecer y dar fruto.

 

9.- Nueva imagen del presbítero

 

La comunidad cristiana y las nuevas generaciones tienen derecho a tener una nueva imagen del presbítero. La vieja idea del padre que lo sabe todo, que lo dirige todo y supervisa todo debe terminar.

Nuestra gente es menos tonta de lo que creemos y ya todo el mundo sabe que nadie “se la sabe toda”, debemos cambiar la imagen del presbítero “sabelotodo” o del “hombre orquesta”.

 

Los Obispos Latinoamericanos, reunidos en  Puebla nos propusieron una Iglesia en la que se viva la Comunión y la Participación.

 

No es un asunto estratégico, debido a una falta de personal o de recursos humanos, es algo que tiene que ver con la esencia misma de la Iglesia, que es una comunión de hermanos. La participación de los bautizados en la pastoral de la Iglesia tiene que ver con la esencia del sacramento que nos hizo hermanos de Cristo e hijos del Padre. Es tarea de toda la Iglesia anunciar el Evangelio. Por lo tanto nadie puede arrogarse la exclusividad de la tarea que Jesús confió a todos.

 

Además, ya nuestros sobrinos y los adolescentes nos lo han demostrado con creces: Hay muchas cosas, no sólo de informática, de las cuales ellos están mejor informados, más capacitados y para las cuales tienen mayor destreza.

 

El sacerdote que desee hacer un aporte significativo a la Iglesia y a la sociedad debe comprometerse a trabajar en equipo, formar líderes que puedan dirigir al interior de la Iglesia y fuera de ella. Solamente la práctica de un trabajo hecho junto a otros, les puede dar la seguridad de realizar tareas en otras instituciones basadas en la confianza, el respeto y el cumplimiento del deber.

 

Mientras sigamos aglomerando gente sin criterio de pertenencia y convencidos  de que no  tienen derecho a participar, no conseguiremos hombres y mujeres libres, con pensamiento propio y que puedan hacer el aporte que les toca por su condición de bautizados.

 

Aceptar con toda sencillez que hay muchas cosas que desconocemos, no nos hará perder autoridad, al contrario, nos dará la autoridad de Jesús. De él decían que hablaba con autoridad y no como los escribas.

 

Con todo esto saldremos ganando todos, nosotros y ellos. Tendremos más tiempo para dedicarnos a lo que nos es propio: orar por la comunidad, leer la palabra, estar cerca de nuestro pueblo y sobre todo conocerlo y amarlo. Se nos terminará la excusa de que “no tenemos tiempo”. Recuerdo lo que nos comentaba un compañero. La señora que le dijo al sacerdote “Padre, si usted no se quejara tanto de que no tiene tiempo, le sobraría un poquito”

 

10- Mantener el contacto con la familia

 

Los primeros meses de la vida de un presbítero están llenos de emociones nuevas. El deseo de visitar las comunidades que nos acogieron y enseñaron a ser cristiano. El volver a algunos lugares nos llena de alegría y nos da el gozo de ver reflejados en los rostros de nuestros hermanos, la satisfacción de una obra que se completa.

Entre las personas que debemos encontrar en esos primeros meses y esos primeros años, está nuestra familia. Si a alguien le debe dar alegría de vernos ya sacerdotes es a nuestros padres  y hermanos.  Tienen derecho a tener un “padre” en la casa, no sólo de visita o para una comida, sino para compartir los sencillos momentos de la vida diaria. Estar en la cocina, cargando el agua, limpiando juntos y por qué no, compartiendo alguna labor.

 

Participar con naturalidad de la vida familiar, dejarse tocar por los niños, que nos ponen de mojiganga (tal vez eso era lo que molestaba a los discípulos de Jesús). Todo esto nos mantendrá saludables, humanos, seguiremos siendo “gente”, como lo necesita nuestro pueblo.

 

Ojala podamos ir cada semana a la casa familiar, o al menos cada quince días. Sólo en circunstancias muy difíciles iremos una vez al mes. Hacerse el propósito de seguir siendo el hermano, el hijo, el vecino, nos hará mucho bien y le hará a la Iglesia un gran servicio.

 

Es la familia la primera que percibe nuestro cansancio o nuestro enfriamiento pastoral. Se dan cuenta si estamos a gusto con lo que hacemos o si es algo que nos cuesta y realizamos por obligación. ¡Las sugerencias de los que nos aman tal como somos, nos hace tanto bien!

El tiempo de descanso debe incluir unas semanas con la familia. Participar en la celebración del domingo nos dará la oportunidad de escuchar a otros presbíteros y participar en la Eucaristía desde la Asamblea. Las vacaciones es un tiempo para la oración sin prisa y en un ambiente más natural y sereno. “No  tomen vacaciones de la vida espiritual”, nos aconseja un veterano sacerdote.

 

11.- La iglesia que soñamos

 

Uno de los grandes aportes del Plan Nacional de Pastoral es que nos enseñó a soñar juntos. A imaginarnos  nuestra Iglesia como lo hacen los novios, que se imaginan su casita, sus hijos, el lugar donde vivirán. Sueñan juntos y eso los lleva a vivir juntos.

 

Tenemos que soñar, pero no solos, porque si soñamos solos, todo se quedará en mero sueños y en ilusiones. Soñar juntos nos lleva a construir, a edificar, a planificar y naturalmente a realizar la utopía del Reino.

 

Es tarea de un recién ordenado soñar la Iglesia que queremos,  hacerse ilusiones, pensar en realizar lo que otros consideran imposible. En cosas nuevas y mejores. Es obligación de un recién ordenado hacer propuestas creativas, fruto de la imaginación y de los sueños.

Los más viejos lo veremos como “cosas de jóvenes”. Muy bien, pero en el fondo, en el corazón de los viejos presbíteros, brotará un recuerdo y se renovará la ilusión y sabremos que no ha sido en vano nuestro cansancio y nuestro pequeño sacrificio.

 

Resumo aquí algunas de las sugerencias de los hermanos sacerdotes con los que me encontré. No he querido seguir orden alguno, algunos temas se repiten y qué bueno:

 

 

Conocer, acercarse a las personas, recordar que no lo sé todo

Escuchar, formar Comunidad  y el Consejo Parroquial

Ver, juzgar y actuar

Disponible, fidelidad, dejarse ayudar, administrar bien

Misión, Oración, Obediencia y Paciencia

Oración, acompañar y dejarse acompañar,  tener a Cristo como el centro

Formar los laicos, apoyar los movimientos,  cuidar la vida Espiritual

No hacerse un  burócrata, apertura comunidad, no lo sé todo

Aprender, acompañar, tomar su descanso y el contacto su familia

Vida Espiritual, evitar el activismo, seguir la formación

Aprender, mantener el  contacto con sus compañeros, evitar el activismo

Dar seguimiento a las acciones, seguir la formación, cercano al pobre